jueves, 17 de septiembre de 2015

Nocturno del DF

Bueno, ¿y cuando vais a volver a veros, vosotros?
La pregunta me sorprendió un poco, aunque no tanto, Luis y yo desde que nos conocimos allá en la noche de Río de Janeiro, hace ya diez años o más, lo mismo dá, tenemos una extraña virtud en lo referente a la comunicación. Nos leemos el pensamiento, básicamente, aunque a veces la lectura sea un tanto en diagonal o desfasada o fuera de los parámetros habituales espacio-tiempo, es igual. De algún modo yo había formulado esa pregunta durante algún momento de la noche y ahora, ya de día, tardé algo en darme cuenta. Menudo cabrón.
Pero antes de todo esto, me gustaría hablar de la purificación de María. Creo que fue entonces, mientras ella propuso cambiar de tequila (del Tradicional a Herradura reposado, hazme caso wey) cuando ya perdí la compostura del todo. O más que compostura (pues en verdad no creo que se me notara demasiado, ya tenemos unas tablas), perdí el control interno de mis emociones, asi que igual me ponía a pensar en que bien les sentaban las flores a las hippies de aquel parque en San Francisco que recitaba mentalmente versos de alguno de mis trovadores favoritos, repasaba enfermedades familiares o rescataba conflictos laborales nunca resueltos, todo eso a pesar de mi memoria y de la mota, o quizás gracias a eso, no lo sé. Ah, si, la mota. María nos pasó un resto de la pipa que lleva en el coche mientras nos conducía a Coyoacan, y ahi empecé a tener esos problemas de compostura, no rompí a cantar pero poco me faltó. En lugar de eso, me dispuse a poner canciones de mi teléfono que nadie parecia conocer pero que, creo yo, sugirió cosas que pasaban por mi cabeza, imposible nombrarlas a todas, que velocidad, pura exuberancia, que mota.

Un mes sin alcohol, drogas ni sexo. En eso consistía la purificación corporal requerida para enfrentarse con garantía de éxito y placer a la sesión de Ayahuasca a la que en pocas semanas se iba a enfrentar. Menudo baile, menuda suerte, que envidia, creo que le dije yo. Y entonces ella pidió al jefe de la cantina que vinieran los mariachis a cantarnos algo, habrá que pagar algo pero por lo menos estos sí que son de los buenos, dijo María. Mientras, Luis apuraba la sangrita y creo yo que también estaba aferrándose a algún pensamiento inerte que le mantuviera en su sitio sin dejar salir esas ganas de saltar que uno siente cuando estás rodeado de amigos y te lo pasas tan bien que no sabes cuando pararás de sonreír. Y eso que momentos antes estaba de un humor algo inestable, había perdido esa misma mañana mucho dinero en una inversión arriesgada, aunque yo creo que en el fondo le importaba poco y ya casi lo habia olvidado.
María necesitaba purificarse. Yo también, y sobre todo en ese momento hubiera dado todo por ser yo el que la acompañara en aquel viaje y experimentara los efectos de la purificación y atravesara luego mis demonios de su mano y llenara mi corazón de extrañas luces y sueños. Pero las cosas son como son, esa noche tenía ya escrito un principio y un final, y no vamos a cambiarlas de un día para otro.